Sigo mi sueño… ?>

Sigo mi sueño…

Hoy, luego de mi habitual clase de spinning, me cambié de sala para estirar y elongar un poco mi cuerpo con algunas de mis asanas favoritas.

En plena concentración y prestando atención a mi cuerpo, a mis sensaciones, y a la correción de las posturas que iba practicando, entró a la sala una profesora de yoga, que al verme tratando de alcanzar ciertas posiciones, sin más me preguntó mi edad… 29 años, le respondí y veo que hace una señal negativa con su cabeza, llevándola de lado a lado. Al preguntarle que sucede, me dice que no pierda el tiempo, porque a mi edad ya es imposible que logre algunos de mis objetivos yoguísticos.

El cuerpo realmente queda predestinado a cierta movilidad, a esta edad? espero que no, porque estoy buscando el lugar adecuado para inscribirme el próximo año, en un instructorado de yoga. Quizás sólo tengo que hacer como el sapo que corría una difícil carrera:

Érase una vez una carrera de sapos en el país de los sapos. El objetivo consistía en llegar a lo alto de una gran torre que se encontraba en aquel lugar. Todo estaba preparado y una gran multitud se reunió para vibrar y gritar por todos los participantes. En su momento se dio la salida y todos los sapos comenzaron a saltar. Pero como la multitud no creía que nadie llegara a la cima de aquella torre pues ciertamente, era muy alta, todo lo que se escuchaba era: “no lo van a conseguir”, qué lástima, está muy alto, es muy difícil, no lo van a conseguir”. Así la mayoría de los sapitos empezaron a desistir. Pero había uno que persistía, pese a todo, y continuaba subiendo en busca de la cima.

La multitud continuaba gritando: “es muy difícil, no lo van a conseguir”, y todos los sapitos se estaban dando por vencidos, excepto uno que seguía y seguía tranquilo cada vez con más fuerza. Finalmente fue el único que llegó a la cima con todo su esfuerzo. Cuando fue proclamado vencedor muchos fueron a hablar con él y a preguntarle como había conseguido llegar al final y alcanzar semejante proeza. Cual sería la sorpresa de todos los presentes al darse cuenta que este sapito era sordo.

 

Foto: Valerie Greeley

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